Caballero de París

En los años cincuenta del siglo pasado y por las calles de La Habana, con su embrujo seductor, vieron pasearse a este personaje dantesco, de mediana estatura, cabellos largos, castaño oscuros, barba desaliñada, de porte gallardo, siempre vestido de negro con su capa larga que ondeaba al viento, cargaba su cartapacio donde guardaba sus tesoros imaginarios y tarjetas, coloreadas por él mismo, que obsequiaba a los transeúntes.

La Quinta Avenida, el Parque Central, la Plaza de Armas, eran lugares donde solía pasarse horas recitando versos o contando historias principescas a quienes las quisiera oír.

Este caminante alucinado, no pedía limosnas, sino que aceptaba ayuda de personas conocidas de él. Nunca fue violento ni grosero, al contrario, era un hombre muy gentil y bondadoso. Un verdadero caballero.

Podríamos decir que quizás quería olvidar cosas muy tristes y la locura fue un escape apropiado que su mente enajenada engendró. Mucho se ha escrito sobre el origen de este personaje inolvidable, José María López Lledín, El Caballero de París. Se dice que nació con el siglo veinte en la provincia de Lugo, España, que llegó a la Habana en 1913 a la edad de 14 años. Algunos aseguran que al ser acusado de un crimen que no cometió fue tal su tristeza que perdió la razón. Este singular personaje que iba  por las calles contando historias, adornó la estampa cotidiana de la capital cubana de esa época.

En 1977, el que se denominara a sí mismo como “El Emperador de la Paz”, fue internado  en el Hospital en las afueras de la Habana, donde murió el 11 de julio de 1985.