La Habana: su primer testimonio gráfico

Por Gustavo Robreño Díaz*

La Habana (Prensa Latina) Aunque pueda parecer paradójico, la primera representación gráfica de la naciente villa de San Cristóbal de la Habana no fue dada a conocer en España, sino en Portugal, en fecha no precisada entre los años 1574 y 1590.
Su autor fue precisamente un marino lusitano del que poco se conoce, ni siquiera su nombre y apellidos, solo que respondía al nada convencional mote de ‘Cargapatache’.

Esta aseveración pudiera entrar en contradicción con la afirmación generalizada ?y dada por cierta durante siglos? de que el primer trazado de la naciente urbe fue obra del ingeniero italiano Cristóbal de Roda Antonelli.

Y no es del todo un equívoco, pues De Roda Antonelli ?quien desde 1591 se desempeñaba en Cuba como ingeniero militar junto a su tío, el célebre arquitecto Bautista Antonelli? es el autor sí, pero del primer plano de la Villa que se elaboró y se dio a conocer en la propia Habana, en 1598.

En su favor puede añadirse además que el suyo presenta un mayor rigor cartográfico y apego a los detalles tanto físico-geográficos como urbanísticos de la incipiente urbe, que aquel otro divulgado poco antes en Europa por el citado marino portugués.

El enigmático ‘Cargapatache’ incluyó su boceto de La Habana como parte de un derrotero ilustrado, que contenía rudimentarios mapas y planos, elaborados como resultado de un viaje que realizó desde España a los golfos de Honduras y México como parte del cual realizó una breve escala en La Habana.

Más que un plano propiamente dicho, el del improvisado cartógrafo portugués es un croquis, sin escala ni medidas, elaborado con la aparente única intención de brindar una imagen general de cómo era entonces la ciudad.

POBREZA Y PEQUEÑEZ DE LA VILLA

Según afirma el historiador Emilio Roig de Leuchsenrin en su libro, La Habana, apuntes históricos, este primer intento de boceto habanero destaca, ante todo, por una ‘deliciosa ingenuidad’ en la que queda plasmada sin lugar a dudas la ‘pobreza y pequeñez de la Villa’ en esa época.

Son visibles los primeros muelles de lo que luego fuera la suntuosa rada habanera, custodiados por la ‘Fortaleza nueva’, como se denominaba entonces al recién construido Castillo de la Punta y la ‘Fortaleza vieja’, como se conocía desde antes al Castillo de la Real Fuerza.

El pincel del inspirado piloto portugués plasmó cómo al otro extremo de la entrada de la bahía se alzaba la denominada por los citadinos ‘Torre del Vigía’, levantada por el gobernador y Capitán General Diego de Mazariegos (1556-1565), justo donde años después se levantaría el flamante y aun emblemático Castillo del Morro.

Se acentúan en el bosquejo los calamitosos y verdaderos ‘bohíos’ que servían de vulgares residencias a los primeros habaneros, dispersos alrededor de la mísera iglesia, mientras a un costado es visible la simbólica y hoy rejuvenecida ceiba fundacional, que cada 16 de noviembre recibe a miles de habaneros.

En el texto que acompaña su casi infantil boceto, este portugués perdido en la historia describe la bahía: ‘?tiene a la boca de la entrada, de la banda del Leste, un morro redondo de soborucos negros (?) Encima de este morro está una torrecilla blanca (?) donde residen los guardas y centinelas que guardan el puerto’.

Acerca de la rada habanera detalla que ‘? es baja, de poca agua; y habiendo entrado para adentro (…) es todo fondeable y seguro’.

Llama la atención como ya en esa fecha, asegura Cargapatache, se trataba de ‘?el más cursado puerto de nuestras naos de todos cuantos hay en Indias; porque vienen aquí a hacer escala, tomar agua y leña y mantenimiento casi todas las naos que vienen a España de casi todas las partes de las Indias’.

¿APARIENCIA SOLITARIA O IMPORTANTE CENTRO ECONÓMICO?

En cuanto a los moradores de la ciudad, una suerte de ‘primeros habaneros’, señala el texto que acompaña el rudimentario esquema, que residen en la villa ‘hasta 150 vecinos que los más dellos parece vivir del hospedaje que hacen a los que por allí pasan’.

Sobre el modo en que se sostienen, bien alejado de la noción de lo que hoy tenemos por ciudad, dice que algunos lo hacían como resultado ‘?de su labranza y crianza y otros de algún comercio y contratación que tienen’.

En cuanto a la defensa de la villa, Cargapatache se refiere concretamente al Castillo de la Real Fuerza como ‘una fortaleza de las mejores que sabemos porques muy señora de la tierra y de todo su puerto. Reside en ella su gobernador que es el alcaide’.

En relación con el castillo de San Salvador de La Punta, que se hallaba en proceso de construcción, dice que ‘se va haciendo o debe estar ya hecho otro fuerte más hacia el mar que no es de menos provecho e importancia, enfrente del cual está de la otra banda del puerto’.

No pudo siquiera imaginar el espontáneo cartógrafo luso que precisamente su émulo en la adjudicación del croquis primado de La Habana, Cristóbal de Roda, se desempeñaba precisamente como uno de los ingenieros principales en la construcción de aquella fortaleza ‘?de la otra banda del puerto’.

Al cotejar el grabado con el texto se refleja, esa ‘deliciosa ingenuidad’ de que nos alertara Roig de Leuchsenring, pues salta a la vista que bien poco tienen que ver la apariencia solitaria y desoladora del diseño, con la de importante centro económico y comercial implícita en la descripción que lo acompaña.

No obstante, y obviando las más elementales normas de la cartografía moderna, haber sido el primero en a su modo captar y difundir un boceto de la naciente Habana, le confiere al mítico Cargapatache la primicia indiscutible de haber legado a la posteridad la primera evidencia gráfica de la capital cubana, que celebra medio siglo de vida.

* Periodista y colaborador de Prensa Latina.